Un año sin sexo, amor o citas

Un año sin sexo, amor o citas

Un recuento de la solitaria realidad de las personas solteras durante la pandemia.

Estar soltera durante la primera ola de la pandemia podría no haber sido tan difícil de no haber iniciado el año 2020 teniendo pareja. Todavía recuerdo la tarjeta de Navidad que me dio y el mensaje que escribió en su interior: “Me encantó compartir el 2019 contigo, ansío más de esto en 2020 y aun después”. Yo también quería que ese fuera el caso. Pero un mes después, ambos estábamos sentados en el dormitorio de su departamento, con la cara roja por el llanto y mi maleta empacada para salir de ahí por última vez. “¿Todavía podemos vernos?” preguntó mientras en sus ojos brillaba la ingenua esperanza de un adolescente. Sin embargo, su cerebro racional de 35 años seguramente debió darle la respuesta. Él sabía que no era posible. La razón de nuestra separación fue tan simple como devastadora. Dijo que quería tener hijos, algún día. Hijos que yo nunca había deseado tener y que jamás podría darle, aunque quisiera.

Se trató de lo que llaman un factor decisivo —el definitivo en realidad, ya que termina con la esperanza y el compromiso—, pero esta expresión hace que nuestra ruptura suene como a una negociación en una sala de juntas. Sería más adecuado decir que la relación tenía una enfermedad terminal y elegí ayudarle a morir con dignidad en lugar de permitir que continuara hasta alcanzar el inevitable final, pero de un modo más feo y años después. Para mí, fue un cataclismo cuyo dolor me dejó confundida. Durante meses, ese dolor se sintió incluso como un dolor físico. Lamentablemente, esos meses coincidieron con la pandemia, la cual también puso de cabeza todos los demás aspectos de mi vida.

“Ahora es el momento de volvernos realmente buenas para masturbarnos”, dijo mi amiga Gemma, quien también había quedado soltera recientemente, con total naturalidad en una nota de voz de Whatsapp, como si masturbarse fuera una habilidad como navegar en kayak o hacer que un soufflé se esponje, antes de agregar, “y en el sexo telefónico”. Era el final de marzo de 2020 y la presión sobre el Gobierno aumentaba para que impusiera el confinamiento total en el Reino Unido. En las seis semanas que habían transcurrido desde mi ruptura, el coronavirus se había convertido en un creciente desastre mundial. Las recomendaciones eran claras: no salgas de casa, no toques a nadie, no tengas citas, no tengas sexo.

Por supuesto que podía estar físicamente sin sexo ni citas, era justo lo que había hecho durante las últimas seis semanas. Además, les dije a todos que, de hecho, eso era “muy bueno”. Presumir constantemente sobre la llegada de un verano de promiscuidad fue mi intento poco convincente de inyectarle un poco de confianza a mi propio cerebro. Como resultado inmediato de mi ruptura, la idea de que otro hombre me tocara parecía algo realmente inconcebible e indeseable. Sin embargo, una vez que esto se volvió oficialmente ilegal, entré en pánico.

En el año que ha transcurrido desde el inicio del primer confinamiento, las personas solteras han sido ignoradas u olvidadas en la mayor parte de los comunicados oficiales sobre la nueva dinámica de vida con las restricciones por COVID. Si tú, como yo, iniciaste esta pandemia sin pareja (o si tienes una pareja con la que no cohabitas), el sexo técnicamente ha sido ilegal durante la mayor parte del tiempo. Hubo un breve período en el que fue posible entre los meses de julio y noviembre, pero cualquier nueva relación que haya iniciado durante ese tiempo tendría que haberse convertido en exclusiva y de preferencia desarrollarse bajo el mismo techo en cuestión de semanas para que haya podido sobrevivir a la segunda ola de la pandemia. Es bastante seguro decir que la mayoría de los que iniciamos esta pandemia solteros aún lo estamos y seguiremos así por algún tiempo.

Por supuesto, nadie pensó que esta situación duraría tanto tiempo. La mayoría de las recomendaciones oficiales de hace un año no eran diferentes a las de mi amiga Gemma: fue la era de las citas vía Zoom, los juguetes sexuales, el sexo telefónico y las fotos sensuales, o al menos eso decían las revistas en línea y las organizaciones sin fines de lucro en pro de la salud sexual, las cuales sonaban todas muy optimistas sobre esta nueva era de sexualidad remota. Pero, incluso hace un año, sentí que todos estaban perdiendo el punto. El sexo y las citas, para una recién soltera como yo, requerían que retomara el antiguo ritual de encontrarme con otras personas para reconstruir una imagen coherente de mí misma como ser sexual.

Es una creencia común que cualquier hombre cisgénero heterosexual al que le entusiasme una oferta de tener sexo con una mujer transgénero debe estar fetichizándonos físicamente. Es un análisis que siempre me ha parecido tedioso y reducido acerca de lo que incluso los encuentros más casuales con extraños me han enseñado sobre las personas y la vida. Hace algunos años, noté de manera anecdótica que los hombres en las aplicaciones de citas parecían mucho menos preocupados por la idea de estar con alguien transexual si recientemente habían pasado por un divorcio o habían terminado una relación larga. Una vez que las vidas que idealmente habían imaginado se habían terminado, esperaban ver lo que una mujer exiliada de muchas de las normas heterosexuales podía enseñarles sobre sus propios fracasos. Durante varios años antes de conocer a mi ex, había salido “a tomar algo” con el tipo de hombres que secretamente esperan que al probar salir con alguien como yo, aprenderán algo más interesante de sí mismos. Es un intercambio vampírico; un contrato de calor y sangre. Supongo que el año pasado tuve la agobiante esperanza de que los roles pudieran invertirse. Que, después de la ruptura y con mi propio intento fallido de asimilarme en la heterosexualidad, los hombres cisgénero pudieran enseñarme cómo mejorar en el ámbito de la normalidad para la próxima vez. Que yo pudiera ser el vampiro.

Desprovista de tal suerte, pasé gran parte del primer confinamiento pegada a Hinge y Tinder hablando con diferentes personas. Ya que no podía conocerlos en la vida real, mantuve conversaciones con hombres a los que en otras circunstancias habría rechazado rápidamente. A aquellos de mis amigos que se encuentran aburridos por el confinamiento los entretengo con las historias de mis improbables interacciones virtuales. En un punto del verano pasado, por ejemplo, estuve hablando con tres diferentes oficiales del Ejército (no te preocupes, ¡eran de regimientos diferentes!), a pesar de que mi política es lo suficientemente antiimperialista como para cuestionar la mera existencia de los soldados. Cuando Vera Lynn murió en junio pasado, mi amigo Huw se refirió maliciosamente a mí como “nuestra favorita de las Fuerzas Armadas” en el chat grupal.

En otras ocasiones, la soledad es demasiado oscura como para hacer bromas. Hasta que las medidas empezaron a relajarse en julio del año pasado, los recuerdos de mi ex me estuvieron atormentando recurrentemente en las horas, los días y las semanas que pasé sola encerrada. Su mano en la parte baja de mi espalda en una plataforma del metro llena de gente, la vez que me llevó a remar por la Plaza España de Sevilla y yo me burlé todo el tiempo porque ser tratada como cualquier otra chica que sale de vacaciones con su novio era algo completamente nuevo para mí, la manera específica en que la cadencia de su respiración cambiaba durante el sexo, la forma en que su rostro se transformaba en una encantadora sonrisa cuando yo le ganaba un debate sobre algún punto político o de otra índole.

Una crítica a la política del gobierno del Reino Unido durante la pandemia es que ha afianzado normas tradicionales en las que solo las parejas pueden tener contacto e intimidad. Habiendo pasado por la peor ruptura de mi vida sin ni siquiera el abrazo de un buen amigo o asistir a alguna clase en el gimnasio que me prometiera restaurar mi autoestima, el último año ha sido inevitable que hubiera momentos en que lamentara mi decisión de terminar el noviazgo. Al romper con él, había tomado el riesgo de estar soltera y dar paso a otra vida, más adecuada a mis propias necesidades y deseos a largo plazo. No había elegido estar sola y aislada indefinidamente.

Debido al efecto secundario de la pandemia de reforzar los acuerdos y aspiraciones románticas socialmente conservadoras, a veces vuelve a perseguirme el rechazo de la oferta que mi ex me hizo de precisamente todas esas cosas. “Eres transexual y él era el alto, guapo e inteligente propietario de una casa, con una gran dentadura: ¿por qué diablos hiciste eso?”, empezó a recriminarme mi cerebro deseoso de estímulos. A veces, sus preguntas eran más crueles: “¿Por qué no quieres ser madre?”, preguntó la sádica voz en mi interior. “Al final de cuentas, no eres tan mujer, ¿cierto?”.

Cansada de cuestionar mi propio juicio, he renunciado a la búsqueda de citas por ahora. Fue brutal y no se lo desearía a nadie, pero, al final, el tiempo hizo el trabajo de curarme de mi ruptura; hemos vivido con restricciones durante tanto tiempo que ahora la relación con mi ex pareciera haber ocurrido en una época diferente, una época de bares y restaurantes abarrotados. Ahora puedo intercambiar un breve mensaje de texto con él o incluso visualizar a su futura esposa e hijos y no sentir un dolor punzante. Puedo alegrarme de que también él tenga espacio para su propio futuro.

No solo me ayudó el tiempo: un breve romance a finales del verano con un hombre (un poco) más joven que inesperadamente me envió un mensaje directo en Instagram logró cambiar mis patrones negativos de pensar que tal vez estaría sola para siempre: esa relación no funcionó a largo plazo, pero salir con él me mostró que podría funcionar con otra persona. Una segunda ruptura, aunque menos intensa, seguida de un segundo confinamiento, fue un maldito fastidio. Una vez más: sin clases de spinning que me reafirmaran ni unas copas con las chicas. Desde que esa vertiginosa relación terminó abruptamente cuando volvieron los confinamientos el otoño pasado, la insostenibilidad de tratar de construir una relación seria después de toda esta soledad, ansiedad e incertidumbre me ha convencido de que no estoy en un estado mental en el que pueda ofrecer algún tipo de relación saludable. Cuando este purgatorio finalmente termine, primero deberé recuperar las demás partes de mi vida.

La pandemia le ha demostrado a los solteros y las parejas por igual que todas las relaciones son prácticas, construidas con base en una mezcla de azar, oportunidad, proximidad y compatibilidad a largo plazo y no con base en la química inicial o el deseo sexual, que podemos tener con muchas personas. Amaba tanto a mi exnovio que hace unos años, a veces, él parecía ser mi única verdadera felicidad. Aun así, fue correcto que nuestra relación terminara, como pasó con muchas relaciones durante la pandemia por razones similares: con la eliminación de distracciones y la sobreexposición mutua se revelaron incompatibilidades e inseguridades.

En el año transcurrido desde que comenzaron los confinamientos, he dependido tanto del apoyo remoto de mis amigos que mi anhelo de reafirmación romántica ha disminuido en la misma proporción que ha crecido mi necesidad de reír y divertirme en persona con mis amigos. Anhelo la cordialidad y la espontaneidad de las fiestas caseras que duran hasta las 6 de la mañana, las cenas no planeadas, los chismes y el sarcasmo. Después de la ardua labor de sobrevivir a estos confinamientos sin mis amigos, ¿cómo podría compararse con ello el arduo trabajo de construir un amor romántico duradero?

Durante años antes de conocer al hombre que adoraba y luego tuve que dejar, imaginaba conocer a alguien cómo él y la vida que construiríamos juntos. Soñaba despierta con cómo un hombre así fortalecería mi espíritu al borrar cada rasguño y abolladura dejados en mi por las tareas poco envidiables de ser trans y mujer en este mundo. Por supuesto, espero volver a encontrar el amor después de la pandemia, pero ya no fantaseo con la mujer más plena, fuerte y poderosa en la que me convertiré cuando finalmente lo encuentre. Estando sola, ya me he convertido en esa mujer.

Nota: VICE – @shonfaye

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