Historias de la calle: El alemán de la plaza

Historias de la calle: El alemán de la plaza

Un día de enero de 2019, estaba sentada en un banquito de la plaza Independencia esperando a un amigo que venía a mi encuentro para almorzar algo por ahí. Hacía mucho calor y la sombra de los árboles no era suficiente para afrontar la larga espera (mi amigo se había confundido de destino y andaba buscándome por el parque).

Mientras estaba mirando la nada -casi literalmente, porque a esa hora en verano no hay nada ni nadie en esa plaza- se acercó un chico con pinta de extranjero de aproximadamente 24 años y me preguntó si yo era “de acá”. Lo miré un rato sin responder, ya que su intromisión había sido un poco rara. Aunque después de pensarlo unos segundos, decidí ser más rara yo a la hora de responderle. Antes de seguir, tengo que aclarar que, por circunstancias de la vida, he interactuado con más de un alemán, por lo que reconocí inmediatamente su acento germano. Busqué en mi mente las pocas frases de mi pseudo-alemán insuficiente para una conversación y le respondí: “Hallo! Ja, Ich bin von hier. Und du bist aus Deutschland? (Hola, sí, soy de acá. ¿Y vos sos de Alemania?)

La cara de sorpresa del chico todavía me da risa. Abrió los ojos y me dijo “Sí! ¿Cómo sabés? ¿Hablás alemán?”. En ese momento literalmente me empecé a reír. Le confesé que no sabía muchas más cosas y empezamos a hablar. Como era la hora del almuerzo, el alemán me consultó por lugares para ir comer y me preguntó si quería acompañarlo. La verdad es que no tenía ganas (a las doce del mediodía bajo el sol de enero, esperando a mi amigo que llegaba tarde) de interactuar mucho con un desconocido. Le recomendé un par de negocios y le dije que tenía un compromiso por lo que no iba a poder ir con él.

Como todo extranjero emocionado en ciudad ajena, me pidió el celular para tomarnos unas birras en la tarde (era día sábado y el continuaba con su viaje el domingo en la tarde hacia su próximo destino de Argentina). Le pasé el celular y a la hora me mandó una foto de un lomo que había comprado en el negocio que le había recomendado.

Más tarde ese mismo día, me preguntó a dónde podíamos ir a para tomar una cerveza, pero estaba tan cansada que no tenía ganas de hacer planes con un alemán desconocido, sobre todo por esas conversaciones en las que tenés que contarle a alguien sobre tu vida y se torna un poco/bastante aburrido. Le pedí disculpas y le dije que no iba a salir esa noche (en realidad sí salí a tomar algo, pero, como dije, ese día no estaba con ánimos de interacción social).

Con dos rechazos en un mismo día, y con el pasaje al día siguiente, pensé que se iba a dar por vencido en sus intentos de entablar alguna amistad, pero, para mi sorpresa, me pidió que el domingo en la mañana lo acompañara a conocer el parque; ya me había comentado en la plaza que estaba muy solo en Mendoza, pero no me imaginé que le afectaba tanto. Tampoco estaba en ánimos de ignorar tres veces seguidas a un pobre alemán que seguro tenía mi edad y que andaba girando solitario en la provincia, por lo que accedí.

Al otro día en la mañana, estaba por salir a tomarme el bondi y mi hermana, que andaba sin mucho que hacer ese día, me dijo que me acompañaba y que fuéramos en el auto. Antes de salir, mientras planeábamos el tour del día, se nos ocurrió una idea un poco absurda; pensamos en invitar al alemán a comer un asado y después llevarlo al aeropuerto (¿por qué? No hay porqué…)

Cuando contamos los planes en mi casa nos miraron con cara de ‘Qué carajos’ (ahora que lo pienso, sí, fue medio ‘qué carajos’). Pero ya estaba decidido… sin motivo alguno, íbamos a llevar a un alemán que había conocido el día anterior a comer asado a mi casa y después al aeropuerto.

Cuando le avisé por WhatsApp que después del parque podía venir al asado y después lo llevaríamos a su vuelo, el chico no lo podía creer (y mis papás tampoco). Lo buscamos por el hostel, recorrimos el parque y fuimos a casa a la hora del almuerzo. Una vez en la mesa, toda mi familia le preguntó cosas sobre su viaje, su vida, etc, y él a nosotros también. Era realmente muy simpático y pasamos un lindo mediodía. A las cuatro de la tarde, se despidió de todos con un abrazo, como si nos conociéramos de toda la vida. Con mi hermana lo llevamos al aeropuerto y el alemán continuó su viaje. Me mandó como diez mensajes agradeciendo el “increíble almuerzo” y siguió su rumbo.

Un día cualquiera de enero de 2019, sentada en un banco de la plaza Independencia, se abrió una nueva historia en mi vida (y la de mi familia), que probablemente nunca hubiese pasado si no hubiera estado ahí, si mi amigo no hubiera llegado tarde, si mi hermana no me hubiera ofrecido el auto, si hubiera aceptado la invitación a la birra del sábado, y si no hubiera estado pensando, todo el tiempo, qué me gustaría que pasara si fuera yo la que estuviese sola en algún lugar del mundo.

PD: Cada tanto hablamos por WhatsApp y la amistad virtual continúa. Hace poco me mandó fotos desde el colegio de la serie Dark, en Alemania.

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