Historias de la Calle: Cadena de favores un domingo en la mañana

Historias de la Calle: Cadena de favores un domingo en la mañana

La siguiente historia empezó con una Coca-Cola que no se podía abrir…

Un domingo en la mañana, por circunstancias de la vida, me desperté en el centro y salí a tomarme un micro para ir a desayunar. La verdad es que no tenía pensado a dónde ir y me subí al primero que pasó. Cuando ya había andado un par de cuadras, reconocí la esquina anterior a la plaza España y me bajé en la siguiente parada; empecé a caminar sin rumbo por las calles silenciosas de Mendoza.

En un momento llegué a la Peatonal, justo donde topa con la plaza Independencia. El primer café que vi fue “Dun ken” y entré sin dudarlo; no tenía sentido seguir dando vueltas. Una vez adentro, esperé un par de minutos y se acercó una camarera que, con gesto de domingo en la mañana, me dijo “¿te traigo la carta?”. Le dije que sí y después de otro par de minutos me la dejó en la mesa casi sin mirar. Yo miré los precios y acto seguido empecé a pensar en cómo salir de ahí sin pasar vergüenza (soy de las que les da pena dejar colgada a la camarera).

Fingí una supuesta conversación telefónica y me fui caminando a encontrarme con mi supuesto rescatista. Una vez en la esquina, ya con más ganas de desayunar que antes, me di por vencida y me compré una Coca en un quiosco.

*Ahora empieza la historia*

Cuando salí del quiosco sobre la calle Patricias Mendocinas, me di cuenta de que la tapa de la botella estaba casi pegada. Hice toda la fuerza que pude, pero la tapa ni se movió. Un poco frustrada volví al negocio y divisé un policía comprando un cafecito. Y es que, cuando hace tanto calor y la tapita no gira, no hay preferencias.

Le dije: “Señor, necesito ayuda. No puedo abrirla”. El uniformado me recibió la gaseosa y en menos de 3 segundos abrió la botella. Le agradecí, nos sonreímos y salí a la calle. Ahora con mi Coca destapada ya podía retomar mi caminata sin rumbo. Iba rápido por la vereda (como quienes me conocen saben), y pasé por al lado de una señora. Tuve que dejar de caminar para agudizar el oído porque me pareció escuchar algo. Efectivamente la señora me había llamado para que la ayudara a caminar. Me preguntó si andaba paseando y, sin pensarlo mucho, le dije: “¡Sí, tengo tiempo!”.

La llevé del brazo hasta su departamento. Me contó que había salido a comprar el diario de hoy porque el canillita le había dicho que se lo iba a llevar mañana; “¿Para qué quiero mañana el diario de hoy?” me dijo. Y la verdad es que tenía razón.

Después de dejar a la señora en la puerta de su vivienda, me senté en el cordón de la vereda y me puse a pensar en la cadena de favores que había surgido un domingo a la mañana, en un lugar en donde probablemente no debería haber estado, pero que seguramente era en donde tenía que estar.

¿Te gustó esta nota? Apoyá el contenido que te gusta y suscribite al Mermelada Club

Comparti: