Historia del Bondi: El almuerzo retrasado

Historia del Bondi: El almuerzo retrasado

Un día de noviembre, justo a mediodía, salí de la universidad y fui a la parada del micro, como un martes cualquiera. Iba con el tiempo justo para encontrarme con mi papá a las 13:20, que me esperaba en el centro para ir a almorzar – cosa que me emocionaba demasiado porque en general me las arreglo con algún sanguchito del bufet de la facu.

No había estado ni tres minutos en la parada, cuando vi que un bondi con el cartel “C. de Gobierno” estaba aterrizando.

Pensé que era muy afortunada ya que el trabajo de mi papá quedaba en esa zona. Me subí y, para mi sorpresa, ¡el micro venía casi vacío!

Elegí un buen asiento y me quedé mirando por la ventana, contemplando el otoño en Mendoza. Tan lindo era el paisaje… tantos árboles… demasiados… ¿y la ciudad?.

Una vez más, como ya me ha pasado muchas veces, me había tomado el colectivo de ida y no el de vuelta, o sea, me estaba yendo al DAD.

Resignada por la situación, le avisé a mi papá que no iba a llegar a tiempo y seguí disfrutando del paisaje. Pero si bien me encantan los árboles en otoño, lo mejor llegó cuando una vez en el colegio, una manada de niños entro corriendo al colectivo.

Al principio pensé “qué olor a niño”. Pero después empecé a escuchar sus conversaciones con mayor atención, era mejor que ir mirando el celular.

Vi cómo acosaban a una pareja de extranjeros con su inglés mal hablado de secundaria. Vi a los que iban serios, como si les hubieran entregado un 3 en matemática (me sentí identificada con esos). Vi otros con auriculares y otros hablando entre ellos.

Los vi siendo felices, los vi siendo niños. Y entonces me di cuenta de que, al fin y al cabo, ese paisaje me transmitía más vida que los árboles amarillos del camino.

PD: Una vez en el centro, me tuve que bajar dos paradas después de la mía porque los pendejos me bloquearon la puerta.

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