El salto de la paz

El salto de la paz

La reconstrucción de un antiquísimo puente destruido por el Ejército de Croacia convirtió a una pequeña ciudad bosnia en un atractivo turístico y en un símbolo de unión y paz. Además, varios jóvenes locales encontraron la forma de sortear las penurias económicas que dejó la guerra de los Balcanes: saltan cada día desde sus casi 30 metros para poder comer.

El joven, con el torso desnudo y un diminuto traje de baño azul, camina —descalzo— por la cornisa ante la atónita mirada de decenas de extranjeros. Con la mano derecha se sostiene de una fina reja y con la izquierda agarra algunos billetes, aún no los suficientes como para tirarse desde el Puente Viejo hacia el río Neretva que pasa 28 metros por debajo.

El trabajo de esta víctima —indirecta— de la guerra de los Balcanes, que asoló la zona durante prácticamente una década, consiste en pedirle dinero a los miles de turistas que día a día llegan hasta Mostar, al sur de Bosnia y Herzegovina, para visitar el puente conocido como un símbolo de la paz. Él les promete, y luego cumple, que si logra recaudar cierta cantidad de euros —algunos días son 30, otros 50, otros 100, depende de cómo vea el mercado y la cara de los desprevenidos visitantes— se lanza en caída libre hacia el agua.

El Puente Viejo, o Stari Most en bosnio, debe su nombre al mostari, como se conocía al guardia que en la antigüedad cobraba un canon para poder cruzarlo y durante siglos fue testigo de conflictos y tensiones, ya que de unlado del río vivía la población musulmana y del otro la católica, históricamente enfrentadas.

De típica arquitectura turca, fue construido en 1566 por orden del excéntrico sultán otomano Solimán el Magnífico, derribado en 1993 por las tropas croatas y reconstruido por completo once años después (financiado por el Banco Mundial y varios países europeos), convirtiéndose en un emblema de paz y de unión entre croatas (en su mayoría católicos) y bosnios musulmanes. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el 2005.

Mostar es una pequeña ciudad de 150 mil habitantes, que vive mayoritariamente de la producción y exportación de aluminio, industria que emplea a casi el 20% de la población. Además, hay muchos viñedos donde se produce vino blanco de muy buena calidad.

A poco menos de un kilómetro del reluciente puente, que funciona como un imán para los turistas, aún quedan en pie esqueletos de enormes edificios destruidos por la guerra que, obviamente, casi nadie visita.

Nota: Leo Gerzon

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